Por Miguel Ángel Cristiani G
En Coatzacoalcos, como en tantas ciudades del país,
el problema no es que falten diagnósticos; lo que ha escaseado es la decisión
de hacer algo distinto y hacerlo bien. Por eso, ahora que el alcalde Pedro
Miguel Rosaldo García anuncia su intención de rescatar y modernizar la imagen
del malecón, conviene detenernos un momento y plantear una pregunta básica,
pero indispensable: ¿vamos a repetir las mismas ocurrencias disfrazadas de
“proyectos”, o vamos a construir, por fin, una política urbana con sentido,
identidad y visión?
El malecón de Coatzacoalcos no es solo un espacio
público; es símbolo, memoria colectiva, punto de encuentro, ventana al mar… y
al abandono. Durante años, lo que debiera ser orgullo de la ciudad se convirtió
en escaparate de ruinas, paredes muertas, negocios cerrados y edificios que
solo cuentan historias de descuido. Y eso no es obra del destino, sino
resultado de malas decisiones —o indecisiones— políticas.
Por eso resulta interesante mirar un ejemplo que,
sin discursos grandilocuentes ni presupuesto público, ya está dando lecciones:
el Hotel Cortaza Galería. Un edificio de tradición, ubicado frente al
malecón, en plena corazón del centro en la avenida Colegio Militar. En lugar de
resignarse a la decadencia, su propietario decidió convertirlo en algo que en
Coatzacoalcos hacía falta: un espacio vivo, que respira historia, arte y
orgullo local.
Desde su fachada, donde antes solo se veía pared,
ahora se despliega una galería de murales que cuentan escenas entrañables de la
vida porteña. No son decoraciones caprichosas; son fragmentos de identidad: la
cultura, la actividad cotidiana, los rostros del pasado y del presente. Y en la
parte posterior, el homenaje continúa: personajes del puerto que han dejado
huella en la música, la poesía, la escritura y las artes encuentran ahí un
sitio de reconocimiento público. Es decir, donde el abandono imponía silencio,
hoy hay relato, color y vida.
Ese es el punto central: el hotel no solo
embelleció su edificio, le devolvió dignidad a su entorno. Hizo lo que a
veces los gobiernos no hacen: recuperar la memoria para reanimar el espacio
público. Si un empresario local, con recursos propios y voluntad, pudo rescatar
un inmueble y convertirlo en referente cultural, ¿qué no podría hacer una
administración municipal con planificación, criterio y compromiso?
El proyecto de rescate del malecón no puede
limitarse a pintura nueva, banquetas remozadas o luminarias de catálogo. Eso
sería repetir la vieja receta del maquillaje urbano: luce bien para la foto,
pero se desvanece en cuanto pasa el tiempo y el entusiasmo. Se requiere una
intervención integral que considere historia, identidad, participación social,
movilidad, turismo, actividad económica y tejido comunitario. Porque el malecón
no es un adorno; es un espacio que debe volverse útil, seguro, atractivo y
emocionalmente significativo para su gente y los turistas.
Tomar como referencia el modelo del Hotel Cortaza
Galería no significa copiar murales sin ton ni son. Significa entender que la
cultura no es un accesorio, es herramienta de regeneración urbana. Que el
arte público bien concebido humaniza los espacios. Que recuperar edificios
abandonados en lugar de permitir que sigan siendo ruinas es también política
social. Que la memoria —cuando se usa con inteligencia— puede ser detonador de
desarrollo.
Además, la experiencia del hotel tiene otro mérito
que vale la pena subrayar: detrás de ese esfuerzo hay historia familiar,
arraigo, continuidad. No es un experimento improvisado ni un capricho turístico
de moda. Es la convicción de alguien que entiende el valor del patrimonio,
porque lo ha heredado y lo ha cuidado. Eso también manda un mensaje: cuando
hay identidad, hay responsabilidad.
Ojalá quienes hoy encabezan áreas de turismo y
desarrollo urbano a nivel estatal entendieran eso. Pero, como ocurre con
frecuencia, abundan funcionarios improvisados que no saben distinguir ni
geografía ni vocación turística, ni historia ni territorio. Confunden lo que es
el municipio serrano de Totutla con las playas de Tecolutla. Son los que
confunden conceptos, realidades y prioridades. Y luego quieren diseñar
“proyectos estratégicos”. Así nos ha ido y así “no nos puede ir bien.”
Por eso, el reto del alcalde Rosaldo García un
funcionario capaz y con experiencia, es mayor que pintar bardas y cortar
listones. Si de verdad quiere modernizar el malecón, deberá hacerlo con respeto
a la ciudad, escuchando a la gente, aprendiendo de quienes ya han dado ejemplo,
como el caso del Cortaza Galería, y admitiendo que la modernización sin
identidad es solo simulación.
Coatzacoalcos merece algo mejor que obras para la
propaganda. Merece espacios que cuenten su historia, que fortalezcan su
orgullo, que atraigan visitantes no por curiosidad, sino por admiración. Merece
un malecón donde las familias vuelvan a caminar con confianza, donde la cultura
no sea excepción, sino presencia cotidiana.
El rescate urbano empieza cuando alguien se atreve
a mirar más allá del cemento. Ya alguien lo hizo desde la iniciativa privada.
Ojalá ahora el gobierno municipal esté a la altura. Porque las ciudades —como
las personas— se reconstruyen primero desde la memoria.








