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martes, 20 de enero de 2026

Caiga quien caiga… ¿en serio?


Por Miguel Angel Cristiani G.

Cuando el poder anuncia que irá “hasta el fondo”, el periodista con memoria larga levanta una ceja. No por escepticismo gratuito, sino porque en Veracruz la frase se ha gastado a fuerza de repetirse sin consecuencias. Por eso, que la gobernadora Rocío Nahle García haya ordenado investigar el saqueo de la Universidad Popular Autónoma de Veracruz (UPAV) y que ya existan tres exfuncionarios detenidos no es un dato menor: es una señal. Importante, sí. Suficiente, todavía no.

La UPAV nació —conviene recordarlo— durante el sexenio de Fidel Herrera y su primer rector fue el maestro Guillermo Zúñiga Martínez con una vocación social clara: abrir oportunidades de educación superior a miles de jóvenes excluidos del sistema tradicional. Ese origen explica, pero no justifica, el modelo híbrido y opaco que se toleró durante años: fundaciones y asociaciones cobrando cuotas; docentes sin contrato; una nómina administrativa pagada por el Estado; y una estructura perfecta para la discrecionalidad. El resultado fue una bomba de tiempo que estalló cuando los maestros dejaron de cobrar y los estudiantes empezaron a pagar el desorden con su formación.

Aquí hay un primer mérito del gobierno actual: intervenir, investigar y denunciar. La Unidad de Inteligencia Financiera del Estado rastreó irregularidades, la Fiscalía Anticorrupción actuó y un juez decidió. No es poca cosa en una entidad donde la impunidad municipal y sectorial se volvió costumbre. El mensaje político es claro: los desvíos de recursos públicos no serán perdonados. El mensaje cívico, más exigente: que no se seleccione a los responsables.

Porque si la UPAV se investiga “caiga quien caiga”, la lupa no puede quedarse en los primeros eslabones. El entramado descrito —fundaciones, funcionarios, asesores, familiares en cargos clave— no se arma solo. Los nombres que hoy aparecen en expedientes y notas informativas deberán sostenerse en pruebas, procesos y sentencias, no en linchamientos. La presunción de inocencia es un principio democrático; la rendición de cuentas, una obligación pública. Ambas cosas pueden y deben coexistir.

El caso exhibe, además, un vicio estructural: la transición municipal como temporada de saqueo. Cada cambio de administración deja historias repetidas: arcas vacías, inventarios desaparecidos, llaves que “no aparecen”. La novedad —y ojalá la regla— es que varios alcaldes entrantes han presentado denuncias. Les quedan días para hacerlo. No denunciar es convertirse en cómplice por omisión. Y la ciudadanía ya no está para silencios convenientes.

Hay otro frente que exige coherencia. Si el gobierno decide ir al fondo en la UPAV, la legalidad universitaria debe aplicarse sin excepciones. El señalamiento sobre la permanencia del rector de la Universidad Veracruzana, Martín Aguilar Sánchez, pese a los cuestionamientos normativos y al rechazo de sectores de la comunidad, no es un capricho político: es una exigencia de congruencia institucional. Las universidades no son feudos; se rigen por leyes y estatutos. Ignorarlos erosiona la autonomía que se dice defender. Tan simple como aplicar la Ley.

El decreto enviado al Congreso para que la UPAV quede bajo control del Estado apunta a resolver la emergencia: certeza jurídica para más de 60 mil estudiantes y contratos dignos para docentes. Bien. Pero la solución de fondo exige algo más incómodo: transparencia radical, auditorías públicas, reglas claras de financiamiento y una gobernanza que no dependa de intermediarios opacos. Si la fundación aún tiene recursos, como afirma la gobernadora, que se pague a los maestros y se documente cada peso. La educación no admite atajos.

En política, los gestos importan; en democracia, los resultados importan más. Las detenciones iniciales son un inicio, no un final. El verdadero examen será si la investigación alcanza a todos los responsables —sin importar cargo, cercanía o padrinazgos— y si el Poder Judicial actúa con independencia. Veracruz no necesita frases fuertes; necesita instituciones que funcionen.

La ciudadanía observa. Y recuerda. Caiga quien caiga no debe ser un eslogan; debe ser un estándar. De lo contrario, volveremos a escribir la misma columna dentro de seis años, con nuevos nombres y la misma indignación. Y eso, francamente, sería el peor veredicto.