por Angélica Cristiani
Hay lugares que uno cree conocer hasta que un día se detiene a mirarlos de verdad.A mí me pasó con el kiosco de Coatepec.
He caminado muchas veces por el Parque Miguel Hidalgo. He pasado frente a ese kiosco como lo hace todo el mundo: con la mirada distraída, con prisa o con la cabeza llena de antojos. Pero hace unos días lo observé con calma, y sentí algo extraño, como si el edificio estuviera guardando una historia que nadie termina de contar.
Hay pueblos que se explican mejor a través de un edificio que de un discurso político. Coatepec, por ejemplo, podría contarse desde su café, desde sus neblinas o desde sus orquídeas. Pero también desde su kiosco, al final, es una declaración urbana: ahí se conversa, ahí se escucha música, ahí se construyen historias. Una estructura diseñada para que la gente se encuentre.
El kiosco de Coatepec nació en una época en la que las plazas mexicanas eran auténticos teatros sociales. A finales del Porfiriato. Fue construido a finales del siglo XIX, en los años en que el auge cafetalero transformó a Coatepec en una localidad próspera. Las haciendas cafetaleras generaban riqueza, las casas del centro adoptaban estilos coloniales tardíos y las plazas públicas se convertían en espacios de convivencia cotidiana. El kiosco del parque, según registros históricos y testimonios locales, fue impulsado por músicos que querían tocar al aire libre. Por familias que buscaban un lugar para pasear al caer la tarde. Por un pueblo que entendía algo que hoy parece casi revolucionario: que la plaza pública es el lugar donde una comunidad se reconoce a sí misma.
Pero los espacios públicos también cuentan historias más silenciosas. En 1944 el kiosco fue concesionado a un particular por 50 años. El acuerdo permitió utilizar la planta baja para operar una nevería. En principio parecía un arreglo común: comercio local a cambio de renta y mantenimiento. El contrato venció en 1994. Luego se renovó hasta 2009. Y desde entonces el kiosco ha operado bajo una figura indefinida, con rentas simbólicas que durante años rondaron los 12,500 pesos anuales, cuando, según estimaciones legales citadas por medios locales, el monto debería superar los 100 mil pesos al año y aun así me parece injusto.
Es decir: el corazón del parque público terminó convertido en un negocio privado con condiciones casi simbólicas. Lo verdaderamente revelador no es la concesión. Es la normalización. En 2020 ediles del cabildo de Coatepec propusieron recuperar el kiosco para uso público, señalando adeudos y la necesidad de reabrir la parte superior para actividades culturales. La propuesta incluía convertirlo nuevamente en espacio turístico y artístico. Pero la discusión se diluyó.
Hay algo profundamente simbólico en lo que ocurre con ese kiosco.
Las plazas públicas son uno de los pocos espacios donde la democracia se vuelve tangible. Son lugares donde todos pueden estar sin pedir permiso. Cuando un kiosco deja de ser público, algo más que un edificio cambia. Cambia la relación entre la ciudadanía y su propio espacio, donde no se necesita permiso para caminar, ni invitación para sentarse en una banca. Son espacios donde la vida cotidiana ocurre sin intermediarios.
En México existen miles de concesiones indefinidas, permisos heredados por décadas y ocupaciones privadas de espacios públicos que los ayuntamientos rara vez revisan.
La razón suele ser sencilla: recuperar esos espacios implica conflictos políticos, presiones locales y decisiones administrativas que nadie quiere asumir. No es una tarea sencilla. Las concesiones antiguas, los intereses instalados y las inercias administrativas suelen ser más resistentes que las estructuras de hierro. Recuperar un espacio público no siempre depende solo de una decisión de gobierno.
El kiosco de Coatepec no es solo un inmueble en discusión. Es un símbolo de algo más profundo: la relación que un pueblo mantiene con su plaza, con su memoria y con su derecho a habitar el espacio común. No es solo una estructura de hierro. Es una metáfora de algo más profundo: la relación que tenemos con nuestra identidad.
Por eso los kioscos son importantes. No por su arquitectura, sino por lo que representan.
Son pequeñas tribunas ciudadanas.
Cuando los veo en otros pueblos, llenos de música o de eventos culturales, siempre pienso que en realidad no están hechos para decorar la plaza. Están hechos para que la plaza tenga voz.
Por eso, cuando volví a mirar el kiosco de Coatepec, pensé en algo sencillo. En que ese viejo corazón de hierro que sigue esperando en medio del parque, quizá solo necesita una cosa para volver a latir:
Que el pueblo decida volver a ocuparlo.
Tal vez ese kiosco no está despojado.
Tal vez está esperando.
Esperando que alguien recuerde que ese lugar fue construido para la gente.
Esperando que el gobierno haga lo que le corresponde.
Pero también esperando que la ciudadanía entienda que los espacios públicos no se recuperan solo con decretos.
Se recuperan con presencia.
Quizá el futuro del kiosco no dependa únicamente del Ayuntamiento ni de una negociación jurídica.
Tal vez dependa de algo más simple.
De que un día su gente decida mirar ese kiosco con otros ojos y decir, con toda naturalidad, lo que siempre se debió decir:
Ese lugar es nuestro.
Y si alguna vez fue construido para reunir al pueblo, lo más justo sería que volviera a hacerlo.