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domingo, 8 de marzo de 2026

Entre la cruz, la palabra y el silencio: un testimonio de fe cotidiana


Ruan Angel Badillo Lagos

¡Hermosa la pluma del mensajero que trae buenas nuevas!

Un devoto comparte cómo la oración diaria, la contemplación de una cruz en casa y la escucha de la Palabra conducen a una entrega profunda a Dios y al servicio al prójimo.

Cada día, tras rezar el Rosario y preparar el camino con el oficio de lectura, Laudes y la Celebración de la Palabra, este vecino de nuestra ciudad de Xalapa describe una experiencia de presencia divina desplegada en el silencio, la acción y el cuerpo. En su hogar, una cruz de madera se convierte en centro de oración y signo de entrega total.

En el marco de la oración diaria —según relata el devoto—todo inicia con la oración litúrgica, es decir, el Rosario con los Misterios Dolorosos, seguido por la lectura y escucha de la Palabra. Esta práctica se completa con momentos de silencio y contemplación orientados a disponer el corazón ante la voz de Dios. Así, el hogar adquiere un sentido particular de encuentro: la cruz, colocada con intención, invita a una entrega consciente y a una vida orientada a agradar a Dios en cada gesto.

El momento central llega durante la oración en la cruz. En ese gesto de fe nace una plegaria guiada por la gracia divina, repetida cada día frente a ella:

“Renuncio a Satanás, a todas sus obras y seducciones; renuncio a este mundo, que nada me pese; renuncio a mí mismo. Doy paso a Nuestro Señor Jesucristo. Que se digne enviar a su ángel para fijar mi mano derecha, mi mano izquierda y mis pies a esta gloriosa cruz; que comparta conmigo la corona de espinas para purificar mis pensamientos; y que, con esa lanza, traspase mi corazón”.

Luego sobreviene el silencio, mientras la mente se dirige a un versículo del Evangelio del día. El encuentro adopta forma de viaje interior y culmina con un gesto físico y simbólico, o sea, cargar la cruz durante un breve recorrido por el oratorio. Conviene resaltar el sentido espiritual del cuerpo, de la cruz y del silencio. La cruz aparece cual signo pedagógico de entrega a la voluntad de Dios, siguiendo a Cristo en su Pasión y en su Resurrección. El lenguaje corporal —sentarse, levantarse, caminar y regresar a la cruz— expresa una peregrinación interior, la vida entera se orienta al amor y a la obediencia a Dios. La Palabra de Dios, presente en el Evangelio del día, es la guía capaz de unir contemplación y acción.

Desde una perspectiva de teología práctica, esta vivencia ofrece aportes para la vida cotidiana.

 Participación en la Pasión de Cristo: la renuncia y la entrega remiten al llamado a seguir a Cristo cada día (cf. Lc 9, 23).

 Purificación y consagración: la corona de espinas y la lanza que traspasa el corazón simbolizan el deseo de una interioridad limpia y la purificación de los pensamientos para amar con humildad.

Este testimonio, fiel a la tradición católica, muestra cómo la presencia de Dios puede hacerse tangible en la vida cotidiana cuando la oración, la liturgia diaria y un gesto de entrega se orientan hacia el amor a Dios y al prójimo. La experiencia invita a contemplar la propia vida como una peregrinación de fe, una entrega que halla plenitud en la acción misericordiosa y en la búsqueda diaria de la voluntad divina.