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domingo, 8 de marzo de 2026

El arte de gobernar con amor, sin odios ni rencores.

 Segunda Parte

           (Lecciones de la historia)

El hombre como gobernante

      Cuando el ciudadano accede al poder, su responsabilidad se multiplica. Ya no representa una facción, un partido, sino a la totalidad de la sociedad. El gobernante auténtico comprende que la autoridad legítima no puede sustentarse en resentimientos ni rencores, sino en la confianza y la empatía.


      Existen ejemplos que iluminan esta verdad. Nelson Mandela, tras pasar 27 años en prisión, cuando llegó al poder eligió la reconciliación antes que la venganza, evitando que Sudáfrica se precipitara en una espiral de violencia. Su liderazgo demostró que el perdón político puede ser una estrategia de grandeza nacional que termine logrando la unidad de su pueblo.


      De igual manera, José Mujica, quien también pasó varios años en prisión, cuando fue electo presidente de Uruguay, ofreció al mundo una lección de sobriedad y coherencia ética, recordando que el poder es servicio y no privilegio. Su estilo de vida sencillo y su discurso conciliador fortalecieron la cultura democrática de su país.


      En contraste, cuando el gobierno se ejerce por hombres que llegaron al poder anidando en sus corazones agravios sufridos en su ascenso al mismo, cuando no están humanamente bien equilibrados, destilan sentimientos de odios y rencores, fracturando a la sociedad, a la que dicen servir. La experiencia contemporánea en diversas naciones latinoamericanas muestra cómo la polarización constante, la descalificación de los opositores y la concentración de poder debilitan las instituciones y erosionan la confianza ciudadana. Allí donde la ética es desplazada por intereses facciosos, la democracia se vuelve frágil, la convivencia se deteriora y se crean divisiones lamentables entre los ciudadanos, al basar su política en la relación de amigos y enemigos, en lo que denominan “el pueblo bueno”, que contraponen a quienes consideran “adversarios”.


      Gobernar con odio puede producir adhesiones momentáneas; gobernar con prudencia y magnanimidad construye estabilidad duradera.


      Conclusión

      

      El arte de gobernar con amor, sin odios ni rencores, no es una aspiración ingenua, sino una exigencia moral inherente a la dignidad humana. El poder es transitorio; las consecuencias de su ejercicio pueden afectar o beneficiar a varias generaciones.


      El verdadero estadista no divide para gobernar, sino que une para construir. Aplica la ley con firmeza, pero sin humillar; corrige sin destruir; ejerce autoridad sin perder humanidad.


      En última instancia, gobernar es un acto de responsabilidad ética ante la historia. Cuando el amor social guía las decisiones públicas, la política recupera su nobleza original: servir al bien colectivo y preservar la unidad en la diversidad.


       Ese es, en esencia, el más alto valor del arte del gobierno, por lo que quienes ejercen el poder deben hacerlo con humildad, sin resentimientos ni rencores, que son veneno que les carcome el alma, los aleja de su pueblo y los acaba arrojándolos al basurero de la historia.


      Ha llegado el tiempo ya de recuperar la grandeza moral del gobierno.

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*Ex profesor universitario, autor de libros sobre Derecho Electoral y Derecho Parlamentario, ex Secretario de Gobierno de Veracruz, fundador de El Colegio de Veracruz y de la Casa de la Cultura Jurídica de la SCJN.

“He dedicado parte de mi vida a estudiar y ejercer el poder; concluyo que sólo la ética lo legitima y sólo el amor lo ennoblece”.


**Articulo realizado con el apoyo de IA, convencido de que la tecnología, puesta al servicio del conocimiento y de la reflexión humana, es un valioso instrumento para enriquecer el pensamiento.