Los pequeños detalles también ahuyentan al turismo
BITÁCORA POLÍTICA
Miguel Ángel Cristiani G.
Después de 16 años de ausencia, Veracruz volverá a recibir cruceros internacionales.
La noticia merece celebrarse. La Secretaría de
Marina y ASIPONA Veracruz confirmaron que el BM Beachcomber, de
Margaritaville at Sea, llegará al puerto el 19 de enero de 2028, como parte de
un itinerario que partirá de Galveston, Texas, y tendrá escalas en Cozumel,
Progreso y Veracruz. El barco tiene capacidad para 3 mil 459 pasajeros y mil 90
tripulantes.
Es decir, vienen turistas internacionales.
Y con ellos vienen oportunidades para hoteles,
restaurantes, taxis, artesanos, comerciantes, operadores turísticos y toda una
cadena de servicios que vive precisamente de quienes llegan al puerto con
dólares y ganas de conocer Veracruz.
Por eso resulta indispensable poner atención no
solamente en las grandes obras y anuncios, sino también en esos pequeños
detalles que pueden hacer la diferencia entre que un turista se vaya hablando
maravillas de Veracruz... o que decida no regresar.
Este miércoles tuvimos oportunidad de visitar el
famoso Gran Café del Portal, en
el Centro Histórico del puerto, un establecimiento que se presenta precisamente
como un sitio de “origen, historia y tradición”. El propio establecimiento
señala que desde 1929 forma parte de la vida del Centro Histórico y que su
ubicación ha sido un punto obligado para visitantes.
Fuimos, como tantos visitantes, a disfrutar del
tradicional café lechero, acompañado de una canilla y una banderilla.
El café, muy bien.
La tradición, también.
Pero...
Cuando llegó la carta del menú fue imposible no
reparar en ella.
La cubierta estaba deteriorada, con las orillas
carcomidas por el uso y un aspecto que, lejos de transmitir una imagen de
tradición, parecía más bien el de un documento que llevaba demasiados años
guardado en algún rincón.
Y aquí está precisamente el detalle.
Una cosa es conservar la historia y otra muy
distinta es confundir la historia con
el deterioro.
La carta puede ser sencilla. No tiene que costar
una fortuna ni convertirse en una pieza de museo. Pero debe estar limpia,
presentable y en condiciones dignas de un establecimiento que recibe visitantes
y que, además, forma parte de la imagen turística de Veracruz.
Porque si estamos esperando a los cruceristas
internacionales, tenemos que entender que el turismo empieza a juzgar el
destino desde que baja del barco.
Lo observa todo.
La limpieza.
La atención.
Los precios.
Los baños.
Los restaurantes.
Las calles.
Los edificios.
Y hasta la carta donde le ofrecen el menú.
No vaya a ser que después de esperar 16 años para
que regresen los cruceros, resulte que estamos preparando la bienvenida con
detalles que parecen decirles a los visitantes: “bienvenidos a Veracruz... pero aquí todavía no nos hemos dado cuenta de
que ya llegaron”.
Todavía estamos a tiempo.
Las autoridades pueden promover el turismo, las
navieras pueden traer los barcos y el puerto puede recibirlos.
Pero la experiencia final la construyen todos.
Y ahí también tienen responsabilidad los
empresarios turísticos.
Porque una ciudad que aspira a recibir nuevamente
turismo internacional tiene que cuidar hasta el último detalle.
Y como diría nuestro filósofo xalapeño ateniense, Pancho López:
“A este lugar no regreso.”
Y cuando un turista piensa lo mismo, ya perdimos mucho
más que una consumición.
