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domingo, 3 de mayo de 2026

El calor, protagonista discreto


Ruan Angel Badillo Lagos

¡Hermosa la pluma del mensajero que trae buenas nuevas!

El calor intenso recuerda, como ninguna otra cosa, la vida se desplegada en ritmos naturales y misteriosos. A veces la temperatura exige resistencia; otras, invita a detenerse, reflexionar y mirar lo esencial, es decir, Dios, la familia y el amor. En medio de esta estación ardiente emerge una pregunta sencilla y profunda, ¿cómo vivir estos días con salud, alegría y gratitud ante el regalo divino de cada amanecer?

El cuerpo y el tiempo hablan juntos cuando el sol aprieta. Conviene escuchar al organismo, reconocer las pequeñas señales las cuales dicen: “descansa”, “hidrátate”, “busca sombra”. Esto no es cobardía, sino sabiduría; una humildad práctica. La vida no es prueba de fuerza, sino don merecedor de cuidado. El calor no actúa cual enemigo, sino como aliado; ofrece la oportunidad de rediseñar rutinas, compartir con cercanos y agradecer la creación de alrededor.

Al salir a la calle, o cuando la casa se llena de luz, cabe elegir entre formas de vida acordes con este tiempo o la queja constante. Importa planear en horas frescas, buscar parques con sombra, acercarse a chorros de agua refrescantes o sentarse bajo una sombra amable para conversar, leer y, por qué no, elevar el alma a Dios. El calor se convierte en protagonista discreto; enseña a valorar lo esencial, o sea, la salud, la familia, la conversación serena y el silencio capaz de abrir espacio a la escucha.

El ejercicio, aliado de la vida saludable, se adapta al clima. Una caminata temprana, una sesión suave de estiramientos al atardecer o una rutina breve y constante sostienen sin agotar. La clave está en la moderación, menos distancia, mayor conciencia corporal; menor esfuerzo, respiración profunda; menor prisa, mayor presencia. En medio de todo, surge el agradecimiento a Dios por el don de la vida, por el aire disponible para moverse, por el agua hidratante y refrescante, por la sombra protectora, por la risa de un niño bajo un toldo, por el saludo de un vecino dispuesto a compartir un vaso de agua o por el pregón de los repartidores de garrafones: “llegó el agua”.

La indumentaria cómoda no representa superficialidad, sino civismo hacia uno mismo y hacia los demás. Prendas ligeras, colores claros capaces de devolver la luz en lugar de absorberla, telas con ventilación, un sombrero o una sombrilla protectora. Vestirse para la vida implica discernimiento. Preparar el cuerpo para la jornada sin convertirlo en prenda de exhibición, sino en reflejo de Dios, fuente de paz, armonía y concordia.

La comida y la bebida, bajo altas temperaturas, se convierten en elecciones responsables. Conviene hidratarse con regularidad, priorizar frutas jugosas y comidas ligeras sin exigir esfuerzo innecesario a la digestión, además de vitar excesos deshidratantes. Por encima de todo, el calor invita a mirar lo trascendente, la creación en sintonía con el ser humano. Este calor intenso, vivido con responsabilidad, termina por ser una bendición, pues recuerda la vida no como carrera contra el reloj, sino como experiencia digna de saborearse.