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lunes, 3 de agosto de 2026

UNAM: ¿conspiracionismo?

 DE PRIMERA MANO

 *El escándalo del examen de admisión en línea puso a la UNAM contra la pared. La pregunta no es si hubo un correo con instrucciones de sabotaje, sino si al gobierno de la 4T le hacía falta escribirlo

 

Por Omar Zúñiga

Cuando el 17 de julio la UNAM publicó los resultados de su primer examen de admisión en línea, algo no cuadraba.

El porcentaje de aspirantes con más de 100 aciertos —que entre 2021 y 2025 se había mantenido en un histórico 3.5 por ciento— se disparó al 16.3.

En Medicina, la carrera más codiciada del país, los altos puntajes saltaron del 9 al 29.3 por ciento.

No era una mejora educativa repentina: era una anomalía estadística tan burda que en cuatro días obligó al rector Leonardo Lomelí Vanegas a instalar una comisión técnica de 16 expertos y a suspender las inscripciones, ante la sospecha de trampas masivas facilitadas por inteligencia artificial y la venta de respuestas por TikTok y WhatsApp.

Hasta ahí, el escándalo lucía como lo que aparentaba: una universidad rebasada por la tecnología y una empresa, Territorium Life, incapaz de sostener la plataforma que se le adjudicó de forma directa —sin licitación pública— bajo el argumento de ser "la única con capacidad en el país".

Pero conviene mirar el expediente completo de esa empresa antes de conformarse con la explicación de la negligencia aislada.

 

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Territorium Life no llegaba limpia. En Colombia fue contratada en 2019 por el Servicio Nacional de Aprendizaje por cerca de 176 millones de pesos mexicanos, y terminó con retrasos de meses para 50 mil estudiantes y penalizaciones contractuales de entre el 5 y el 10 por ciento; el sindicato SINDESENA la calificó, en 2021, de "estafa".

Aun así, la empresa acumula más de 218 millones de pesos en contratos con instituciones públicas mexicanas —entre ellas el INE y el extinto Consejo de la Judicatura Federal—, y uno de sus fundadores, Carlos Guillermo Elizondo Ancer, ha sido señalado por medios independientes como cercano a equipos de la Secretaría de Educación Pública que encabeza Mario Delgado.

No hay militancia partidista probada, pero un proveedor con ese historial de fallas no debería ser, para ninguna dependencia federal, sinónimo de confianza.

La pregunta que se impone no es si el gobierno de la 4T fabricó digitalmente el colapso del examen.

No hay una fuga de correos, no hay un documento que pruebe sabotaje directo, y sería irresponsable afirmarlo como hecho consumado. La pregunta es otra, y más incómoda: ¿necesitaba el oficialismo sabotear algo para beneficiarse de la crisis?

La respuesta, a la luz de los hechos, apunta a que no. Bastaba con conocer las vulnerabilidades tecnológicas de la UNAM —ya expuestas meses antes por un ciberataque que la propia institución reconoció como una falla grave de seguridad informática—, empujar la transición hacia un examen completamente digital para el cual la universidad no estaba preparada, y dejar que el contrato cayera en manos de un proveedor con antecedentes cuestionables.

El resultado es indistinguible de una operación deliberada, sin que se tenga que firmar una sola instrucción.

Y ese resultado le sirvió al gobierno federal casi de inmediato.

 

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Entre el 27 y el 29 de julio, la presidenta Claudia Sheinbaum se refirió al tema en tres conferencias matutinas consecutivas —una frecuencia inusual para un asunto que, formalmente, compete a la autonomía universitaria—.

Aunque el mensaje fue cuidadoso en las formas: respeto a la autonomía, ofrecimiento de apoyo técnico de la SEP, el fondo fue una crítica pública a la falta de preparación tecnológica de la máxima casa de estudios, exactamente la narrativa que necesita un gobierno interesado en presentar a la UNAM como una institución rebasada, incapaz de gobernarse a sí misma.

No es la primera vez. Desde el recorte de casi 11 mil millones de pesos a la educación superior anunciado en diciembre de 2018 —que el propio Nerón de Macuspana reconocería después como "un error"—, pasando por la propuesta legislativa morenista de 2020 para "democratizar" por voto directo la elección de autoridades universitarias, hasta los señalamientos presidenciales de 2021 y 2022 que calificaron a la UNAM de "individualista" y "neoliberal" y llamaron a desaparecer sus "cotos de poder", el patrón es reconocible: presión presupuestal, desgaste discursivo e intentos de reforma estructural.

En junio de 2024, cuando el Instituto de Investigaciones Jurídicas cuestionó jurídicamente las reformas constitucionales del oficialismo, la propia UNAM tuvo que deslindarse públicamente del documento, en lo que muchos académicos leyeron como un doblegamiento forzado por la presión desde Palacio Nacional.

Ese es el patrón regional, además: universidades públicas asfixiadas primero por el desprestigio y después por la intervención "salvadora" del Estado, como ha ocurrido con distintos matices en Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Guardando las proporciones —México no es Nicaragua, y la UNAM conserva un peso institucional que otras universidades de la región ya perdieron—, la lógica de fondo es la misma: convertir una crisis operativa en argumento político para reducir la autonomía de quien piensa distinto al poder.

 

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La conclusión honesta, con la evidencia disponible hoy, no sugiere la existencia de un plan documentado de sabotaje contra la UNAM, pero las pruebas existentes tampoco lo niegan de manera tajante.

Al gobierno de la 4T le resultó extraordinariamente conveniente que la crisis ocurriera tal como ocurrió, con el proveedor que la protagonizó y en el momento en que se dio.

En la vida no hay casualidades sino causalidades, y en política, la conveniencia sostenida a lo largo de siete años de tensión del gobierno con la misma institución deja de ser casualidad, sobre todo cuando hay elementos que sugieren la posibilidad de que nuestra máxima casa de estudios, sea blanco de una campaña de desprestigio.

¡Por mi Raza hablará el espíritu!

 

¡Qué barbaridad!

deprimera.mano2020@gmail.com