DE PRIMERA MANO
El 11 de septiembre de 2019, la
Universidad Veracruzana celebraba su 75 aniversario con uno de los actos más
solemnes que una casa de estudios puede protagonizar: la entrega de un doctorado
honoris causa.
El honrado era el doctor José Ramón
Cossío Díaz, jurista, hombre de letras y de toga, cuya trayectoria habla
por sí sola con una elocuencia que pocas biografías pueden igualar.
Un hombre que se ganó cada sílaba del
honor.
No se trató de un reconocimiento
entregado por cortesía ni por vínculos de compadrazgo académico. Cossío Díaz
es, para decirlo sin cortapisas, uno de los intelectuales jurídicos más sólidos
que ha producido este país.
Treinta y cinco años dedicados a la
docencia, con una vocación que trasciende el aula y busca ensanchar las
fronteras del entendimiento del derecho. Veintiocho libros de su autoría, doce
coordinados, ocho compilados: una obra que lo consolida como referente
indiscutible de la ciencia social y jurídica en México.
Y, por si fuera poco, a los 42 años
asumió el cargo de ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación,
institución en la que sirvió durante quince años con rigor, independencia y
altura intelectual poco comunes, que hoy -por cierto- no le caerían mal a la
Corte.
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Sin embargo, el pasado 22 de mayo en e
marco de la FILU sucedió un acto que de ninguna manera merece el nombre de
anécdota.
Merece, en cambio, el nombre que le
corresponde: una grosería mayúscula, una vulgaridad, un acto de desdén que
revela con brutal claridad el talante de quien hoy ocupa —de manera ilegítima—
el rectorado de la UV.
José Ramón Cossío Díaz caminaba junto a Marisol Luna rumbo
a la presentación de un libro más de su autoría, cuando se cruzaron de frente con
martincito —así, todo en minúsculas, como él- y no tuvo la decencia de
dar ni un saludo, ni un gesto siquiera.
Un mamerto zurumbático cualquiera.
No hubo el más mínimo reconocimiento
hacia un hombre al que su propia universidad había distinguido con el honor más
alto que una institución académica puede conferir.
Y no fue solamente martincito
quien ignoró a los doctores Luna y Cossío, sino que lo secundó la flamante directora
de Comunicación Universitaria, Norma Trujillo, demostrando una vez que
no merecen estar en la UV y que la UV no merece sujetos de esta calaña.
También hay que decirlo, la excepción
fue el secretario Académico Arturo Aguilar Ye, mejor conocido como el profesor
Jirafales, quien sí tuvo la elemental decencia de saludar. En un
escenario de descortesía institucional, el fue el único que actuó como
universitario.
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Pero el desplante de martincito
no es un hecho aislado ni puede leerse fuera de contexto.
Porque como es todos sabido, martincito
no llegó al rectorado de la Universidad Veracruzana por la vía que dictan los
estatutos y la legalidad. No fue electo. Ocupa el cargo mediante una ilegalidad
que la comunidad universitaria conoce, que ha señalado, y que las autoridades
correspondientes prefirieron ignorar con una comodidad que también resulta
inaceptable.
Cuando un rector no llega por mandato
legítimo de su comunidad, sino por una maniobra que elude los cauces
institucionales, el mensaje es claro: las formas no importan, las reglas son
para otros, y el poder se ejerce desde la arbitrariedad e ilegalidad.
Ese sustrato explica, aunque no
justifica, la soberbia del 22 de mayo. Quien no respetó el proceso para llegar,
difícilmente respetará a quienes representan lo mejor de la institución que
dice encabezar.
Aunque quizá todo se deba a que su
ignorancia sea tal, que no sepa quién es José Ramón Cossío Díaz.
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Con sus más de 82 años de historia
acumulada, en la UV hay investigadores que han llevado su nombre a foros
internacionales, egresados que han transformado al estado y al país como la
misma Marisol Luna y tiene, en su haber, el orgullo de haber reconocido
a hombres como Cossío Díaz.
De ninguna manera merece un rector que ignore
ese legado.
No merece a alguien que ignore con olímpica
indiferencia a un honoris causa de la propia institución. No merece, en suma,
la pequeñez y vulgaridad de martincito.
Las universidades públicas son de sus
comunidades, de sus estudiantes, de su historia, no son patrimonio de quien
llegó a administrarlas por una ilegalidad y se conduce con la arrogancia de
quien cree que el cargo lo exime de las más básicas obligaciones de cortesía y
reconocimiento institucional.
La próxima vez que martincito
camine por los pasillos de la UV, haría bien en recordar que esos pasillos
fueron pisados, con más dignidad que la suya, por hombres y mujeres que sí se
ganaron el respeto que él, ostensiblemente, no conoce.
Cossío seguramente, ni lo recordará y Marisol Luna tampoco.
Esa es también la diferencia entre un grande y un enano mental.
¡Qué barbaridad!
deprimera.mano2020@gmail.com
