Ruan Ángel Badillo Lagos
¡Hermosa la pluma del mensajero que trae buenas nuevas!
En un mundo moderno orientado a construir una sociedad más fraterna basada en la igualdad, surge una verdad fundamental. La fe ilumina todas las relaciones sociales. Se expande por doquier y teje lazos más profundos y auténticos. Para ello, se requiere un referente sólido; este referente es Dios, Padre amoroso decidido a fundar la vida social en la fraternidad. Esta reflexión explora cómo la fe en Cristo no solo enriquece la convivencia humana, también la sostiene.
Una historia de fraternidad desde los orígenes
Desde los albores de la historia la fe ha sido sinónimo de fraternidad. Aunque no está exenta de conflictos —pues la humanidad es imperfecta—, ha permitido mantenerse a flote y deja una lección invaluable. Cada persona representa una bendición para todos, independiente de su condición social. ¡Cuántos beneficios ha aportado esta mirada de fe! Ha hecho posible edificar una vida en común al descubrir la dignidad única de cada ser humano. En el mundo contemporáneo, donde dicha dignidad a veces se oscurece por el individualismo o la indiferencia, la fe en Cristo recuerda la importancia de cada persona en el desarrollo social orientado a mejorar la calidad de vida y el bienestar integral, con acceso a derechos elementales.
Sobre la naturaleza y la responsabilidad compartida
La fe no solamente transforma las relaciones humanas, también proyecta su luz sobre el cuidado del planeta. Invita a buscar modelos de desarrollo sostenibles, más allá de la utilidad inmediata, y a reconocer la naturaleza como don del Creador, cuya custodia corresponde a todos. No obstante, cuando la fe se debilita, también lo hacen los fundamentos de la vida social. Basta observar sociedades educadas, en las cuales un amplio porcentaje de la población profesa una fe. ¿Qué ocurriría si se erradicara la fe en Dios de las ciudades? Ante el avance del secularismo, la confianza mutua tendería a fracturarse, pues únicamente quedaría la humanidad, frágil y propensa al error.
Por ello, la fe en Cristo se presenta como la luz para la vida en sociedad. Se activa en la tribulación, otorga sentido y fortalece. Hablar de fe implica, inevitablemente, hablar de pruebas dolorosas. ¿Qué sucedería ante el sufrimiento sin este sostén? En la prueba, la fe ilumina el camino y da sentido al dolor. No invita a ignorarlo, sino a enfrentarlo con fortaleza para resistir y superarlo. En una sociedad inmersa en crisis de diversa índole —económicas, sociales y espirituales—, muchas encuentran respuesta en Dios, fuente de fortaleza colectiva capaz de transformar el sufrimiento en oportunidad de crecimiento y solidaridad.
Por tanto, en todo tiempo conviene reavivar la fe. No es un relicto del pasado, sino una fuerza viva orientada a iluminar presente y futuro. En un mundo en búsqueda de fraternidad, resulta esencial volver la mirada a Dios. Solo así se construirán sociedades dignas, responsables y prósperas. ¿Existe disposición para permitir esa luz en la vida social?
