IMPRONTA
Carlos Miguel Acosta Bravo
El anuncio de apertura de
Cuba a la inversión privada representa un giro histórico en su modelo económico
centralizado, permitiendo sociedades mixtas estado-privadas y participación de
cubanos en el exterior, impulsado por la crisis energética y escasez. Esto
busca atraer divisas, estabilizar la economía y promover sectores como turismo,
minería y energía, con mayor autonomía municipal y empresarial estatal.
Cuba permite ahora
inversiones de residentes en el exterior en el sector privado, incluyendo
grandes proyectos en infraestructura, y asociaciones mixtas para compartir
capital y operaciones, rompiendo con siete décadas de exclusión del capital
privado significativo. Las reformas priorizan producción de alimentos,
exportaciones, cambio energético y redimensionamiento del aparato estatal,
respondiendo a presiones internas por protestas internas y externas por
sanciones de Trump. Aunque mantienen el control político, estas medidas
flexibilizan la economía para evitar colapso, similar a ajustes en Venezuela.
El apoyo mexicano a Cuba,
con envíos de alimentos y ayuda no energética pese a la prohibición de Trump quien
ha amenazado con imponer aranceles del 10% a países que suministren
hidrocarburos, tensiona la relación bilateral al chocar con la política de
máxima presión de Washington. México detuvo envíos de petróleo para evitar
represalias en T-MEC, migración y comercio, pero mantiene ayuda humanitaria, lo
que Trump critica como desalineado con valores compartidos.
La presidente Claudia Sheinbaum
enfrenta un dilema, ceder a amenazas arancelarias de Trump la pone en aprietos
con la izquierda de Morena, que ve Cuba como símbolo ideológico, mientras
defiende soberanía y Doctrina Estrada. Su oferta de mediar entre Trump y Cuba
busca equilibrar, pero genera fricciones internas con facciones pro-Cuba como
Luisa Alcalde y Paco Taibo, y externas por riesgos en IED y T-MEC.
La reciente llamada de López
Obrador a donar al "pueblo cubano" ,respaldada por la presidenta
Claudia Sheinbaum, reaviva debates políticos en México y tensiones diplomáticas
con EE.UU., al percibirse como desafío al bloqueo de Trump y apoyo al régimen,
no solo humanitario. Genera críticas desde Washington por indirectamente
financiar a La Habana, complica negociaciones bilaterales y divide a Morena
entre pragmatismo económico y solidaridad histórica. Díaz-Canel agradeció
públicamente, pero amplifica ruido en contexto de crisis cubana.
El reciente anuncio
del gobierno cubano de permitir inversión privada —incluida la de sus propios
emigrados— marca uno de los giros más relevantes en su modelo económico desde
los años noventa. Sin embargo, conviene no confundir el alcance de esta medida:
no se trata de una apertura ideológica, sino de una decisión forzada por la
urgencia. Cuba busca divisas en medio de una economía colapsada, apostando por
sectores como la agricultura, el turismo y las pequeñas empresas, al tiempo que
reconoce implícitamente que el monopolio estatal ya no es sostenible.
Este viraje, aunque
significativo, no implica una transformación estructural del régimen. La
flexibilización económica convive con la continuidad política, pues el sistema
de partido único permanece intacto, el Estado conserva el control de sectores
estratégicos y las Fuerzas Armadas siguen siendo un actor central en la
economía. En ese sentido, el modelo cubano parece moverse hacia una versión
limitada de economías como la vietnamita o la china, pero sin apertura
política. Las reformas, además, llegan tarde y resultan insuficientes para
revertir una crisis profunda.
El contexto
internacional ayuda a explicar el momento. La presión de Estados Unidos,
particularmente bajo una política más agresiva encabezada por Donald Trump, ha
recrudecido las sanciones y estrechado aún más el margen de maniobra de La
Habana. En este escenario, la apertura económica funciona también como un
mecanismo defensivo frente al aislamiento y la asfixia financiera.
Es aquí donde el tema
deja de ser exclusivamente cubano y se convierte en un problema geopolítico
para México. La política de apoyo a Cuba —basada en la no intervención, la
cooperación y el rechazo al embargo— choca con la estrategia estadounidense de
aislar al régimen. Esta divergencia coloca a México en una posición incómoda,
entre su principal socio económico y su tradición diplomática
latinoamericanista.
Para la presidenta
Claudia Sheinbaum, el reto es particularmente complejo. Por un lado, la relación
con Estados Unidos es indispensable en términos comerciales, migratorios y de
seguridad. Por otro, existe una presión interna para mantener la línea trazada
por el expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien fortaleció los vínculos
con Cuba. A esto se suma una realidad regional que impide a México alinearse
completamente con Washington sin costos políticos en América Latina.
En este delicado
equilibrio, gestos como la convocatoria de López Obrador para donar al pueblo
cubano añaden tensión innecesaria. Más allá de su impacto económico marginal,
refuerzan la percepción de un respaldo político al régimen cubano y reducen el
margen de maniobra del actual gobierno mexicano frente a Estados Unidos. Se
trata, en esencia, de un acto simbólico con implicaciones diplomáticas.
En conclusión, Cuba no está transitando hacia el
capitalismo, sino ajustando su modelo por pura necesidad. Sus reformas son
limitadas, reactivas y condicionadas por la crisis y la presión externa. Para
México, esto implica un aumento en los costos de su política hacia la isla,
especialmente en un contexto de mayor confrontación con Estados Unidos. El
desafío para el gobierno de Sheinbaum será evitar que Cuba se convierta en un
punto de fricción que complique una relación bilateral fundamental.
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cacostabravo@yahoo.com.mx
Maestro en Comunicación por la
Universidad Iberoamericana. Formó parte
del cuerpo académico en comunicación en la Ibero y en la Universidad
Anáhuac, campus norte CDMX.
