Por Miguel Ángel Cristiani G
¿Hasta cuándo la tragedia será el precio silencioso
de los proyectos emblemáticos del poder? La muerte de al menos cinco personas
en el incendio de la refinería de Dos Bocas no es un accidente aislado: es un
síntoma. Y como todo síntoma en política pública, revela más de lo que el
discurso oficial está dispuesto a admitir.
Petróleos Mexicanos informó que el siniestro fue
provocado por las intensas lluvias en Tabasco, que ocasionaron el
desbordamiento de aceite y su posterior ignición. La explicación técnica,
aunque plausible, resulta insuficiente. En una industria de alto riesgo como la
petrolera, el clima no es una variable inesperada: es un factor estructural que
debe preverse, mitigarse y administrarse con protocolos rigurosos. Cuando una
lluvia deriva en muerte, no estamos ante un fenómeno natural, sino ante una
falla humana.
Dos Bocas no es cualquier instalación. Es el
proyecto insignia de una administración que apostó por la soberanía energética
como bandera política. Se anunció como la solución a la dependencia de
combustibles importados, como símbolo de recuperación nacionalista y como motor
de desarrollo regional. Sin embargo, desde su concepción, la refinería arrastró
cuestionamientos técnicos, financieros y ambientales. Retrasos, sobrecostos y
ajustes operativos han sido parte de su historia reciente. Hoy, a esa lista se
suma la tragedia.
Conviene poner los hechos en contexto. La industria
petrolera mexicana tiene antecedentes preocupantes en materia de seguridad
industrial. Explosiones en plataformas, fugas en ductos y accidentes en
refinerías han cobrado vidas a lo largo de décadas. No es un problema nuevo,
pero sí persistente. Y lo más grave: es un problema que no ha sido resuelto,
pese a los cambios de gobierno y a las reiteradas promesas de modernización.
El argumento de que “no hubo riesgo para la
población” suena, en este contexto, casi cínico. ¿Qué hay de los trabajadores?
¿Qué hay de las condiciones laborales, de los equipos de seguridad, de la
capacitación y de la supervisión? La muerte de cinco personas, entre ellas una
trabajadora de Pemex, no puede reducirse a una nota al pie en el parte oficial.
Cada vida perdida es una evidencia de que algo no está funcionando.
Aquí es donde la política entra en escena. Los
proyectos emblemáticos suelen blindarse con narrativa, no con resultados. Se
defienden desde la tribuna, no desde la evidencia. Se celebran en conferencias,
pero se descuidan en la operación cotidiana. Dos Bocas fue, desde el inicio,
más un símbolo político que un proyecto técnico consensuado. Y cuando la
política sustituye a la ingeniería, el margen de error se vuelve letal.
No se trata de descalificar por consigna, sino de
exigir por responsabilidad. La seguridad industrial no es un lujo ni un asunto
secundario: es una obligación legal y ética. Existen normas oficiales,
estándares internacionales y protocolos claros para prevenir este tipo de
incidentes. Cuando estos fallan, corresponde investigar, deslindar
responsabilidades y, sobre todo, corregir.
El problema es que en México la rendición de
cuentas suele diluirse. Se anuncian investigaciones que rara vez concluyen en
sanciones ejemplares. Se reparten culpas de manera difusa. Se protege la imagen
institucional por encima de la verdad. Y así, el ciclo se repite: accidente,
indignación, olvido.
Dos Bocas debería ser una oportunidad para romper
ese patrón. Para revisar a fondo las condiciones de operación, para
transparentar los informes técnicos, para escuchar a los trabajadores y
especialistas. Para reconocer errores sin maquillarlos. Porque la confianza
pública no se construye con discursos, sino con hechos verificables.
También es momento de replantear la lógica de los
megaproyectos. No basta con que sean políticamente rentables; deben ser
técnicamente viables y socialmente responsables. La infraestructura energética
no puede seguir operando bajo esquemas de improvisación o presión política.
Requiere planeación de largo plazo, inversión sostenida en mantenimiento y una
cultura de seguridad que no admita excepciones.
El incendio en Dos Bocas no solo dejó víctimas;
dejó preguntas incómodas. ¿Se evaluaron correctamente los riesgos climáticos?
¿Se contaba con sistemas de contención adecuados? ¿Se siguieron los protocolos
de emergencia? ¿Quién supervisa y con qué criterios? Son interrogantes que no
pueden responderse con boletines, sino con auditorías independientes y
resultados públicos.
La ciudadanía tiene derecho a saber, pero sobre
todo tiene derecho a exigir. Porque detrás de cada proyecto financiado con
recursos públicos hay una responsabilidad ineludible: proteger la vida. Y
cuando esa responsabilidad se incumple, no basta con lamentar; hay que
transformar.
Dos Bocas arde hoy no solo por el fuego, sino por
la evidencia de que en México seguimos construyendo símbolos mientras
descuidamos lo esencial: la seguridad, la verdad y la vida misma.
Porque cuando la propaganda sustituye a la
prevención, el costo no se mide en barriles, sino en cadáveres.
